Ayer llegó Natalia chochísima a la Redacción -ya sé, qué expresión rara, pero es que en verdad se la veía chocha- y contó que finalmente su impulso de anotarse en un taller de stand up (algo así como hacer humor a base de monólogos) no había resultado para nada en vano. "¿Ah si? Contános", la animamos. "Sí, miren, ahora digo mejor que nunca turumtumpúsh, turumtumpúsh", contestó, en referencia al clásico redoble de platillos que corona un chiste (malo). Y, entonces, cuando ya todos nos dabámos vuelta porque ese chiste sí que había sido malo y con ganas, Natalia nos retuvo para explicarnos que no, que había aprendido bastante más que eso. Por ejemplo, que la base del stand up es sincerarse, acomodarse por fin a la vulnerabilidad que nos es inherente, y admitir que hay situaciones ante las cuales somos frágiles o que directamente no bancamos. Esa actitud -reprodujo- asegura la empatía con el público y quizás, según el caso, genere algunas risas.

Pasó la síntesis del taller de Natalia, pero quedó la reflexión. ¿Y si la base del stand up fuera también la de la cotidianidad misma? ¿Y si no tuviese que ser necesario pagar una entrada y sentarse en una butaca para oír decir lo que todos sabemos: que las mujeres odian ciertas cosas de los varones, que los varones odian ciertas otras de las mujeres, que nadie tiene muy bien resuelta su autoestima? Que todos hemos metido la pata alguna vez, que a veces vivimos situaciones bizarras o inverosímiles, que algunas circunstancias nos desesperan y que se nos ocurren reales disparates para resolverlas. ¿Nunca les ocurrió que, cuando por fin se atreven a contar algo que creían privado y vergonzoso, alguien salta del otro lado para decir "¡a mí me pasó lo mismo!"? Ha de ser una de las experiencias más conciliadoras y liberadoras. Reírse de uno mismo es sensato, placentero y seductor. ¿Hay que empezar tomar cursos para que nos lo enseñen?